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miércoles, 6 de marzo de 2013

CODEPENDENCIA .........



Esta es la historia de Jessica.  Dejaré que ella la cuente





Me senté en la cocina, bebiendo café, pensando en mis labores domésticas sin terminar.  Los platos.  Sacudir.  Ropa por lavar.  La lista era interminable y, aun así, no podía comenzar.  Era demasiado para pensar en ello.  Hacerlo me parecía imposible.  Igual que mi vida, pensé.
            La fatiga, una sensación familiar, se apoderó de mí.  Me dirigí a mi recámara.  Antes un lujo, las siestas se habían vuelto para mí una necesidad.  Casi lo único que podía hacer era dormir.  ¿A dónde había ido mi motivación?  Yo solía tener exceso de energía.  Ahora era un esfuerzo peinarme el cabello y aplicarme el maquillaje a diario, un esfuerzo que a menudo no hacía.
            Me tendí en mi cama y me dormí profundamente.  Cuando desperté, mis primeros pensamientos y sentimientos eran dolorosos.  Esto tampoco era nuevo.  No estaba segura de qué me lastimaba más: si el agudo dolor que sentía porque tenía la certeza de que mi matrimonio había terminado –se había escapado el amor, extinguido por las mentiras y por la bebida y por las desilusiones y por los problemas económicos – ; la amarga ira que sentía contra mi esposo –el hombre que había provocado todo esto; la desesperación que sentía porque Dios, en quien yo había confiado, me había traicionado permitiendo que me pasara esto; o la mezcla de miedo, desamparo y desesperanza que se conjugaba con todas las otras emociones.
            Maldición, pensé, ¿por qué tendría él que beber?  ¿Por qué no podría haberse puesto sobrio antes?  ¿Por qué tendría que mentir?  ¿Por qué no me pudo haber amado tanto como yo a él?  ¿Por qué no dejó de beber y de mentir hace años, cuando todavía me importaba?
            Nunca tuve la intención de casarme con un alcohólico.  Mi padre lo fue.  Traté de elegir cuidadosamente a mi esposo.  ¡Qué gran elección!  El problema de Frank con la bebida se hizo aparente durante nuestra luna de miel cuando abandonó nuestra habitación en el hotel una tarde y no regresó hasta las 6:30 de la mañana siguiente.  ¿Por qué no me di cuenta entonces?  Mirando en retrospectiva, los síntomas eran claros.  ¡Qué tonta había sido!  “Oh no, él no es alcohólico.  Él no.”  Lo había defendido una y otra vez.  Había creído sus mentiras.  Había creído mis propias mentiras.  ¿Por qué no lo dejé entonces y pedí el divorcio?  Por sentimiento de culpa, por miedo, por falta de iniciativa e indecisión.  Además, ya lo había dejado antes.  Cuando estuvimos separados, todo lo que hice fue sentirme deprimida, pensar en él y preocuparme por el dinero.  Tonta de mí.    
            Miré el reloj.  Las tres menos cuarto.  Los niños pronto regresarían de la escuela.  Luego vendría él, esperando que le sirviera la cena.  No hice el quehacer hoy.  Nunca hice nada.  Y es su culpa, pensé: ¡ES SU CULPA!
            Súbitamente, cambié mis engranes emocionales.  ¿Estaba mi esposo realmente en el trabajo?  Quizá había salido con alguna otra mujer.  Quizá estuviera teniendo un affaire.  Quizá había salido más temprano para irse a beber.  Quizá estaba en el trabajo, causando problemas allí.  Y de todos modos, ¿cuánto duraría en este trabajo?  ¿Otra semana?  ¿Un mes más?  Luego abandonaría el empleo o lo despedirían, como siempre.        
            El teléfono sonó, interrumpiendo mi ansiedad.  Era una vecina, una amiga mía.  Hablamos y le platiqué del día que había tenido.
            “Mañana voy a ir a Al-Anón”, me dijo.  “¿No quieres venir?” 
            Yo había oído hablar de Al-Anón.  Era un grupo de personas casadas con borrachos.  Me vinieron a la mente imágenes de las “mujercitas” que acudían en tropel a esas reuniones, aceptando la manera de beber de sus maridos, perdonándolos y pensando en pequeñas formas de ayudarlos.
            “Ya veremos”, le mentí.  “Tengo mucho quehacer”, le expliqué, y no estaba mintiendo.
            La ira se apoderó de mí, y escasamente escuché el resto de nuestra conversación.  Desde luego que yo no quería ir a Al-Anón.  Yo ya lo había ayudado una y otra vez.  ¿Qué no había hecho ya suficiente por él?  Me sentía furiosa ante la sugerencia de que hiciera más y de que siguiera dando a este saco sin fondo de necesidades insatisfechas que llamamos matrimonio.  Estaba harta de cargar con todo el peso y de sentirme responsable por el éxito o fracaso de nuestra relación.  Es su problema, murmuré en silencio.  Que encuentre él la solución.  Déjenme fuera de esto.  No me pidan una sola cosa más.  Que tan sólo mejore él, y yo me sentiré mejor.
            Después de colgar el teléfono, me metí a la cocina a preparar la cena.  De cualquier modo, no soy yo quien necesita ayuda, pensé.  Yo no he bebido, ni he usado drogas, ni he perdido empleos, ni he mentido para engañar a mis seres queridos.  He mantenido unida a esta familia a toda costa.  He pagado cuentas, he administrado un hogar con un presupuesto raquítico, he estado ahí en cualquier emergencia (y, casada con un alcohólico, ha habido muchas emergencias), he pasado la mayoría de las malas épocas sola, y me he preocupado hasta enfermarme.  No, he decidido que no soy yo la irresponsable.  Al contrario, he sido responsable de todo y por todos.  Yo no estoy mal.  Sólo necesito empezar, empezar con mis labores cotidianas.  No necesito reuniones para hacerlo.  Simplemente me sentiría culpable si saliera cuanto tengo tanto quehacer atrasado en casa.  Dios sabe que no necesito más sentimientos de culpa.  Mañana me levantaré y me mantendré ocupada.  Las cosas mejorarán mañana.
 
            Cuando llegaron los niños, me encontré gritándoles.  Eso no les sorprendió a ellos ni a mí.  Mi esposo era buena onda, el bueno del cuento.  Yo era la bruja.  Traté de ser complaciente, pero me costaba mucho trabajo.  La ira siempre se encontraba bajo la superficie.  Durante tanto tiempo había tolerado tanto…  Ya no era capaz ni estaba dispuesta a tolerar nada.  Siempre estaba a la defensiva, y me sentía como si de alguna manera estuviera luchando por mi vida.  Después sabría que así era.
            Para cuando mi esposo llegó a casa, había hecho un esfuerzo sin interés en preparar la cena.  Comimos casi sin hablar.
            “Tuve un buen día”, dijo Frank.
            ¿Qué significa eso?, pensé.  ¿Qué es lo que hiciste en realidad?  ¿De veras llegaste siquiera al trabajo?  Y lo que es más, ¿a quién le importa?
            “Qué bueno”, le contesté.
            “¿Cómo te fue a ti?”, me preguntó.
            ¿Cómo demonios crees que me fue?, murmuré en silencio.  Después de todo lo que me has hecho, ¿cómo esperas que me vaya?  Le eché una mirada de pistola, forcé una sonrisa y le dije, “me fue bien.  Gracias por preguntarme”.
            Frank me miró.  Había escuchado lo que yo no había dicho, más de lo que sí había dicho.  Sabía que no debía decir nada más;  yo también.  Siempre estábamos a un paso de una violenta discusión, a un recuento de ofensas pasadas y a gritos amenazadores de divorcio.  Solíamos embarcarnos en discusiones, pero nos llegaron a hartar.  De modo que ahora reñíamos en silencio.
            Los niños interrumpieron nuestro hostil silencio.  Nuestro hijo dijo que quería ir a un parque que se encontraba a varias calles de distancia.  Le dije que no, que no quería que fuera sin su padre o sin mí.  Empezó a sollozar y a decir que quería ir, que iría, que yo nunca lo dejaba hacer nada.  Le grité que no iba y punto.  Me gritaba suplicándome: “déjame ir, a todos los otros chicos los dejan ir”.  Como siempre, me retracté.  Muy bien, ve, pero ten cuidado, le advertí.  Me sentí como si hubiera perdido.  Siempre sentía que perdía con mis hijos y con mi esposo.  Nadie me escuchaba; nadie me tomaba en serio.
            Yo no me tomaba en serio.
            Después de cenar, me puse a lavar los platos mientras mi esposo miraba la televisión.  Como siempre, yo trabajo y tú te diviertes.  Yo me preocupo y tú descansas.  A mí me importa lo que pasa y a ti no.  Tú te sientes bien; yo sufro.  Maldito seas.  Caminé por la sala varias veces, bloqueando a propósito la imagen de la televisión y enviándole secretamente miradas de odio.  Me ignoraba.  Cansada de esto, desfilé hacia la sala, suspiré y dije que saldría a podar el pasto.  En realidad eso es tarea de hombres, le dije, pero creo que lo tendré que hacer yo.  Él dijo que lo haría más tarde.  Le dije que nunca llegaba ese más tarde, que no podía esperar, que ya me daba vergüenza ese pasto, olvídalo, ya estoy acostumbrada a hacerlo todo, y haré eso también.  Él dijo está bien, lo olvidaré.  Me salí en un arrebato y caminé por el pasto.
            Cansada como estaba, me retiré temprano a la cama.  Dormir a un lado de mi esposo se había vuelto tan incómodo como nuestra vida durante la vigilia.  Podíamos, o bien permanecer callados, cada uno enroscándose en una orilla de la cama para estar lo más separados posible, o bien él intentando –como si todo estuviera bien– hacer el amor conmigo.  Cualquiera de las dos cosas me causaba tensión.  Si nos dábamos la espalda uno al otro, yo permanecía ahí confundida, desesperada.  Si trataba de tocarme, me helaba.  ¿Cómo podía esperar que quisiera hacer el amor con él?  Generalmente lo apartaba de mí con un cortante “no, estoy muy cansada”.  A veces accedía.  De vez en cuando lo hacía porque se me antojaba.  Pero, por regla general, si tenía vida sexual con él era porque me sentía obligada a hacerme cargo de sus necesidades sexuales y me sentía culpable si no lo hacía.  De cualquier manera, el sexo era insatisfactorio tanto emocional como psicológicamente para mí.  Pero, me decía a mi misma, no me importa.  De veras, no me interesa.  Ya hacía mucho tiempo que había dado carpetazo a mis deseos sexuales.  Hacía mucho tiempo que había reprimido mi necesidad de dar y de recibir amor.  Había congelado esa parte de mí misma que sentía.  Lo había tenido que hacer para sobrevivir.
            ¡Había esperado tanto de este matrimonio!  ¡Tenía tantos sueños para nosotros dos!  Ninguno de ellos se había vuelto realidad.  Había sido engañada, traicionada.  Mi hogar y mi familia –el lugar y las personas que debían haber sido cálidos, un refugio, un consuelo, un abrigo de amor– se habían vuelto una trampa.  Y no podía encontrar la salida.  Tal vez, me decía constantemente a mí misma, esto se mejorará.  Después de todo, él tiene la culpa de los problemas.  Es un alcohólico.  Cuando se alivie, nuestro matrimonio mejorará.
            Pero, estaba yo empezando a elucubrar: ha estado sobrio y accediendo a las juntas de Alcohólicos Anónimos durante seis meses.  Estaba mejorando.  Yo no.  ¿Era realmente suficiente su recuperación para hacerme feliz?  Hasta ahora, su sobriedad no parecía estar provocando ningún cambio en la manera como yo me sentía, que era, a los 32 años, totalmente seca, usada y quebradiza.  ¿Qué le había pasado a nuestro amor?  ¿Qué me había pasado a mí?
            Un mes después comencé a sospechar lo que pronto sabría que era la verdad.  Para entonces, el único cambio que se había dado era que yo me sentía peor.  Mi vida estaba varada, quería que se acabara.  No tenía esperanzas de que las cosas mejoraran; ni siquiera sabía qué era lo que estaba mal.  Mi vida no tenía ningún propósito, salvo el de cuidar de otras personas, y eso tampoco lo estaba haciendo bien.  Estaba anclada en el pasado y aterrorizada del futuro.  Dios parecía haberme abandonado.  Me sentía culpable todo el tiempo y pensaba si no estaría volviéndome loca.  Algo espantoso, algo que no podía explicar había ocurrido.  Algo que había arruinado mi vida.  De alguna manera, yo había sido afectada por su forma de beber, y las maneras en las que yo había sido afectada se habían vuelto mis problemas.  Ya no importaba de quién era la culpa.
            Yo había perdido el control.


 

            Conocí a Jessica en esta etapa de su vida.  Ella estaba a punto de aprender tres ideas fundamentales:
1)  Que no estaba loca: era codependiente.  El alcoholismo y otros trastornos compulsivos son verdaderas enfermedades familiares.  La manera en que la enfermedad afecta a otros miembros de la familia se llama codependencia.
2)  Que una vez que han sido afectados –una vez que está se asienta– la codependencia cobra vida propia.  Es similar a pescar pulmonía o a tomar algún hábito destructivo.  Una vez que te hiciste de él, ya lo hiciste.
3)  Si deseas deshacerte de ella, eres quien tiene que hacer algo para lograr que se vaya.  No importa de quién sea la culpa.  Tu codependencia se convierte en un problema tuyo y resolver tus problemas es tu responsabilidad.


Del  libro
YA NO SEAS CODEPENDIENTE

Melody Beattie


 


domingo, 3 de marzo de 2013

La familia ante las drogas




Aproveche el tiempo compartido
Los jóvenes que tienen una buena relación con sus padres están menos propensos a involucrarse en actividades peligrosas. Entre más participe usted en la vida de sus hijos, ellos se sentirán mejor y lo más probable es que le escuchen. Trate de dedicar tiempo regularmente para compartir con sus hijos. Esto le ayudará a fortalecer la relación con sus hijos adolescentes y cerciorarse de que llevan una vida sana.
Separe tiempo específico para compartir con sus hijos adolescentes y dejarles saber que su salud y seguridad son las cosas más importantes para usted. La Campaña Nacional Anti-Drogas ofrece los siguientes consejos para alentar a los padres a seguir interconectados con sus hijos adolescentes, durante la siempre apurada  temporada navideña:
·         Hable con su adolescente  – Sepa lo que está pasando en sus vidas. Sea honesto con su hijo adolescente y cerciórese de escuchar cuidadosamente. Busque un espacio para hablar de triunfos, quejas, proyectos, preguntas acerca de la disciplina y otros temas de interés para cada uno de los miembros de la familia. Inclusive puede considerar tener reuniones que se llevan a cabo regularmente y a una hora en que todos estén de acuerdo. Las reglas de orden en las reuniones ayudan mucho. Cada persona tiene que tener la oportunidad de hablar sin ser interrumpida; todo el mundo escucha y solamente se permiten críticas constructivas.
·         Establezca tiempo para la familia – Establezca una rutina semanalmente para hacer algo especial con sus hijos, aunque sea solamente para ir a tomar un helado. Vean una película juntos o salgan a caminar. Tan sólo unos cuantos minutos mientras usted limpia después de la cena o antes de ir a la cama puede ayudar a la familia a establecer una buena comunicación, lo cual es tan importante para lograr que los hijos se aparten de las drogas.
·         Sepa el paradero de su adolescente – Asegúrese de saber dónde está su hijo adolescente durante el día y con quién. Establezca horarios límite para llegar a casa y regule el uso del auto cuando las condiciones de tiempo no sean buenas.
·         Cenen juntos cada vez que puedan. Las comidas son una buena oportunidad para hablar acerca de los eventos diarios, para calmar tensiones, para reforzar cosas importantes y para crear un sentido de unidad. Varios estudios demuestran que los jóvenes de familias que comen juntos por lo menos cinco veces a la semana están menos propensos a involucrarse en las drogas o el alcohol.

viernes, 7 de diciembre de 2012

La familia frente a las adicciones



¿QUÉ SE EDUCA EN LA FAMILIA?

Es en la familia donde se adquieren y desarrollan las actitudes, creencias, valores, hábitos, estilos de vida y comportamientos, que determinarán el modo de los hijos de enfrentarse a la vida y, por lo tanto, el modo de relacionarse con las drogas.

Podemos sintetizarlo del siguiente modo:

LOS VALORES son aspectos concretos a los que les damos una importancia especial, de manera que pasan a orientar lo que hacemos. Por ejemplo, la salud puede ser un valor dominante para la persona, mientras que otros pueden valorar el dinero por encima de otras cosas, el éxito, la inteligencia, la unión de la familia, etc. Las personas definimos lo que está bien o mal en función de los valores que tenemos.

LAS CREENCIAS son las ideas o convicciones que las personas tenemos acerca de las cosas y que consideramos como verdades indudables. Podemos tener creencias más o menos racionales o irracionales. Por ejemplo, si la salud es un valor importante para nosotros, podemos tener creencias irracionales respecto a nuestra propia salud «seguro de que voy a enfermar, estoy predestinado a ello» o creencias más ajustadas a la realidad «la enfermedad le puede tocar a cualquiera».

LA ACTITUD es la disposición que tenemos a pensar y comportarnos de un modo determinado. Las actitudes pueden ser más positivas o negativas, optimistas o pesimistas. Siguiendo con el ejemplo de la salud, una actitud positiva sería el pensar «puedo hacer cosas para mejorar mi salud», mientras que una actitud negativa podría ser «es mejor no hacerse análisis, porque si estás enfermo no podes hacer nada para remediarlo y cuando más tarde te enteres mejor».

LOS HÁBITOS son las costumbres, la capacidad y habilidad que tenemos para hacer algo por haberlo hecho en repetidas ocasiones. El estilo de vida es el modo de vida característico de una persona. Y los comportamientos son nuestras conductas, la manera de actuar que tenemos ante cada situación. Una persona que tenga, por ejemplo, creencias racionales y una actitud abierta y optimista hacia la salud desarrollará con más facilidad hábitos de vida sanos (higiene, ejercicio, alimentación adecuada, etc.), un estilo de vida basado en el orden, tranquilidad, etc. y comportamientos sanos (práctica de deportes, salidas al campo, controles médicos periódicos, etc.).





¿ES CONVENIENTE HABLAR ABIERTAMENTE SOBRE DROGAS?

Especialmente al comienzo de la adolescencia resulta muy oportuno dialogar sobre las drogas. Los adolescentes conocen las drogas por sus amigos, la televisión, los comentarios de los adultos. Por lo tanto no tiene sentido ignorar esta experiencia y es preciso apoyarnos en ella para construir una actitud firme de rechazo a los usos de drogas y fármacos.

Este diálogo abierto es conveniente que se oriente en dos direcciones:

• Desafiar, en primer lugar, los mitos y las informaciones erróneas que los jóvenes  poseen sobre las drogas, tales como que, son inofensivas, se pueden controlar, pueden ayudar en algunas ocasiones, etc.

• En segundo término, explicar claramente, sin exageraciones ni demonizaciones, las razones por las que no deben consumirse: los peligros asociados, las normas y leyes que las prohiben, su incompatibilidad con el estudio, deporte, trabajo y el adecuado proceso madurativo.
Claro que para poder desmitificar y explicar, los padres deben ser los primeros en instruirse, sino quedarán atónitos y descolocados ante el conocimiento que traen sus hijos de la calle.
Muchos padres tienen reparos en conversar con su hijos sobre el uso del alcohol y las drogas. Algunos de nosotros no creemos que nuestro hijo pueda verse involucrado en el uso de drogas ilícitas. Otros padres de familia no conversan con los hijos sobre el tema porque no saben qué decir o cómo decirlo, o tienen miedo de poner ideas en la mente del hijo.
No espere hasta sospechar que su hijo tiene un problema. Muchos jóvenes que están en programas de rehabilitación manifiestan haber consumido alcohol y otras drogas por lo menos por espacio de dos años antes de que sus padres lo supieran.
Comience temprano a hablarle del alcohol y otras drogas, y mantenga abiertas las líneas de comunicación. No tenga miedo de confesar que no sabe todas las respuestas. Haga saber a su hijo que está preocupado, y que pueden tratar juntos de encontrar esas respuestas.

¿CÓMO MEJORAR SU CAPACIDAD PARA HABLAR CON SU HIJO?
Se indican a continuación algunas sugerencias básicas para hablar con sus hijos acerca del alcohol y las drogas.

Sepa escuchar. Asegúrese de que su hijo se sienta cómodo transmitiéndole sus problemas o preguntas. Escuche atentamente lo que dice. No permita que la discusión termine por la cólera que le produzca lo que oye. Si es necesario, tómese un descanso de 5 minutos para calmarse antes de continuar. Tome nota asimismo de lo que su hijo NO le dice. Si no le cuenta sus problemas, tome la iniciativa y pregúntele lo que ocurre en la escuela o en otras actividades.
Esté disponible para conversar incluso sobre temas sensibles o delicados. Los jóvenes necesitan saber que pueden confiar en que sus padres les darán información exacta sobre los temas que son importantes para ellos. Si sus hijos desean conversar sobre algo en un momento en que usted no puede prestarles completa atención, fije otro momento para hacerlo, y hágalo.
Sea generoso con los elogios. Destaque las cosas que sus hijos hacen bien en vez de concentrarse siempre en las que hacen mal. Cuando los padres elogian más fácilmente que critican, los niños aprenden a sentirse seguros de sí mismos, y desarrollan la confianza necesaria para fiarse de su propio juicio, aumentando su autoestima.
Transmita mensajes claros. Cuando hable sobre el uso del alcohol y otras drogas, asegúrese de transmitir claramente que no deben usarse, de manera que los chicos sepan exactamente a qué atenerse. Por ejemplo: «En nuestra familia no se permite el uso de drogas ilícitas, los chicos no toman bebidas alcohólicas».
Sea modelo del buen comportamiento. Los jóvenes aprenden por el ejemplo tanto como por la enseñanza. Asegúrese de que sus propios actos reflejen las normas de honestidad, integridad y juego limpio que usted espera de sus hijos.


¿EL EJEMPLO QUE SE OFRECE ES DETERMINANTE?

Los padres, los deportistas, los educadores, los entrenadores, constituyen un modelo para los niños y jóvenes, incluso sin pretenderlo. Hemos de ser conscientes de ello para ofrecer un adecuado ejemplo, especialmente respecto de los propios hábitos de consumo de fármacos, alcohol y otras drogas, y en relación con las propias actitudes hacia los hábitos de los demás. Si quien representa un modelo de conducta muestra unos comportamientos tendientes al consumo de drogas, entendiendo por éstas aquellas sustancias que se han descrito en la presente publicación, o tolerante con el uso que otros hacen de estas sustancias, difícilmente contribuirá a la prevención
de su consumo en sus hijos o educandos.


¿UNOS VALORES FIRMES PUEDEN FAVORECER LA ABSTINENCIA?

Los adolescentes son lo suficientemente mayores como para tener ideas propias sobre lo que está bien y lo que está mal, y para tomar decisiones basadas en los principios que ellos consideran importantes. Un sistema firme de principios y valores puede ayudarles a tomar decisiones basadas en hechos reales y no en las presiones externas.
Es preciso que los mensajes de los adultos sean claros, para la adecuada conformación de este sistema de valores. Expresando lo que se considera positivo y negativo, razonando las opiniones, ayudaremos a los jóvenes a contar con un referente en su manera de proceder.
Los valores realmente asumidos impregnan todos los comportamientos, lo que da como resultado una conducta coherente y sin contradicciones.