MARCO CULTURAL
Pero una droga no es sólo cierto compuesto con
propiedades farmacológicas determinadas, sino algo que puede recibir cualidades
de otro tipo. En el Perú de los incas, las hojas de coca eran un sí mbolo del
Inca, reservado exclusivamente a la corte, que podí a otorgarse como premio al
siervo digno por alguna razón. En la
Roma preimperial el libre uso del vino estaba reservado a los
varones mayores de treinta años, y la costumbre admití a ejecutar a cualquier
mujer u hombre joven descubierto en las proximidades de una bodega. En Rusia
beber café fue durante medio siglo un crimen castigado con tortura y mutilación
de las orejas. Fumar tabaco se condenó con excomunión entre los católicos, y
con desmembramiento en Turquía y Persia. Hasta la hierba mate que hoy beben en
infusión los gauchos de la Pampa
fue considerada brebaje diabólico, y sólo las misiones jesuitas del Paraguay
–dedicadas al cultivo comercial de estos árboles- lograron convencer al mundo
cristiano de que sus semillas no habí an sido llevadas a América por Satán sino
por santo Tomás, el más desconfiado de los primeros Apóstoles.
Naturalmente, los valores mantenidos por cada
sociedad influyen en las ideas que se forman sobre las drogas. Durante la Edad Media europea, por
ejemplo, los remedios favoritos eran momia pulverizada de Egipto y agua
bendita, mientras hacia esos años las culturas
centroamericanas consideraban vehí culos divinos
el peyote, la ayahuasca, el ololiuhqui y el teonanácatl, plantas de gran
potencia visionaria que los primeros misioneros denunciaron como sucedáneos
perversos de la Eucaristí
a. En general, puede decirse que los monoteí smos no han
dudado a la hora de entrar en la dieta
–farmacológica o alimenticia- de sus fieles, y que el paganismo nunca irrumpió
en esta esfera.
Sin embargo, el influjo que ejerce la aceptación
o rechazo de una droga sobre el modo de consumirla puede ser tan decisivo como
sus propiedades farmacológicas. Así , mientras el café estuvo prohibido en
Rusia resultaba frecuente que los usuarios lo bebieran por litros y entrasen en
estados de gran excitación, lo cual hacía pensar a las autoridades que esa
droga creaba un ansia irreprimible. Todaví a más claro es el caso del opio en
India y China durante el siglo XIX, pues un consumo muy superior por cabeza-año
entre los indios (donde no estaba prohibido) produjo un número
incomparablemente inferior de usuarios abusivos que entre los chinos (donde estaba
castigado con pena de muerte). Ya en nuestro siglo, la influencia del régimen
legal sobre el tipo de usuario y el tipo de administración se observa en el
caso de la heroí na; antes de empezar a controlarse (en 1925) era consumida de
modo regular por personas de clase acomodada, casi siempre activas
laboralmente, con una media de edad superior a la cincuentena y ajenas por
completo a incidencias delictivas. Una década después empieza a ser consumida
de modo regular por un grupo más joven, desarraigado socialmente, hostil al
trabajo y responsablede la mayoría de los crímenes.
De la mano con el carácter legal o ilegal suele
ir el hecho de que muchas drogas psicoactivas se ligan a sectores determinados,
obteniendo con eso una impronta u otra. Vemos así que la cocaí na simboliza una
droga de opulentos o aspirantes a ella mientras que la LSD
simbolizó cierto paganismo preocupado por el
retorno de la naturaleza, las anfetaminas fueron consumidas ante todo por amas
de casa poco motivadas, y el crack escenifica hoy la amargura de los americanos
más pobres.
Conocer la secuencia temporal de las reacciones
ayuda, por eso, a no confundir causas con efectos. Antes de que fuera abolida
la esclavitud, en Estados Unidos no había recelos sobre el opio, que
aparecieron cuando una masiva inmigración de chinos –destinada a suplir la mano
de obra negra- empezó a incomodar a los
sindicatos. Fue también un temor a los inmigrantes, en este caso irlandeses y
judí os fundamentalmente, lo que precipitó una condena del alcohol por la Ley
Seca. Hacia esas fechas preocupaban mucho las reivindicaciones políticas de la
población
negra del Sur, y la cocaína –que había sido el
origen de la Coca-Cola-
acabó simbolizando una droga de negros degenerados. Veinte años después sería
mano de obra mexicana, llegada poco antes de la Gran Depresión, lo
que sugirió prohibir también la marihuana.
Desde luego, el opio, el alcohol, la cocaína y la
marihuana pueden ser sustancias poco recomendables. Pero es preciso tener
cuidado al identificarlas, sin más, con grupos sociales y razas. Ligando el
opio a los chinos se olvida que el opio es un invento del Mediterráneo; ligando
negros y cocaína prescindimos de que esa droga
fue descubierta y promocionada inicialmente en Europa; ligando mexicanos a
marihuana pasamos por alto que la planta fue llevada a América por los
colonizadores, tras milenios de uso en Asia y África.
Por consiguiente, junto a la química está el
ceremonial, y junto al ceremonial las circunstancias que caracterizan a cada
territorio en cada momento de su historia. El uso de drogas depende de lo que
química y biológicamente ofrecen, y también de lo que representan como pretextos
para minorías y mayorías. Son substancias determinadas, pero las pautas de administración
dependen enormemente de lo que piensa sobre ellas cada tiempo y lugar. En concreto,
las condiciones de acceso a su consumo son al menos tan decisivas como lo consumido.


No hay comentarios:
Publicar un comentario